La maestría del amor -capitulo 2

El enseñar a los niños a querer a sus padres y hermanos y a ser respetuosos con sus superiores, hecha los cimientos de correctas actitudes mentales y morales para llegar a ser buenos ciudadanos.
 

Les comparto una pequeña síntesis del capitulo 2, la maestría del amor. Este capitulo se enfoca en el origen de la perdida de la inocencia, es decir que con el tiempo y las personas que nos rodean, sera definido nuestro grado de inocencia.

 

Capitulo 2:

La pérdida de la inocencia

Es sabido que todos los humanos  por  naturaleza somos sensibles, es decir, la frecuencia normal de los seres humanos antes de la domesticación se ajusta en la exploración y el disfrute de la vida; estamos sintonizados para amar.

Tanto el cuerpo emocional como el cuerpo físico tienen un componente parecido a un sistema de alarma que nos permite saber cuándo algo no va bien. En el caso del cuerpo físico este sistema de aviso es lo que denominamos dolor. En el caso del cuerpo emocional, el sistema de alarma es el miedo. Siempre que sentimos miedo es porque alguna cosa no va bien.
Un ejemplo claro lo hallamos en los niños, sencillamente «sienten» emociones, pero su mente racional no las interpreta ni las cuestiona. Esta es la razón por la que aceptan a determinadas personas y rechazan a otras.

Aprendemos a tener un determinado estado emocional según la energía emocional que nos rodee,  cuando falta la armonía y el respeto en los seres que nos rodean tendemos a aprender a ser como ellos.  El cuerpo emocional empieza a cambiar su sintonización y llega un momento que deja de ser la sintonización normal del ser humano. Jugamos al juego de los adultos. Perdemos nuestra inocencia, perdemos nuestra libertad, perdemos nuestra felicidad y nuestra tendencia a amar.

En ese sistema de premios y castigos existe un sentido de la justicia y de la injusticia, de lo que es legítimo y de lo que no lo es.  Los niños  son los más susceptibles a dicho sistema, ya que ellos en su inocencia,  realizan actos que en su razonamiento no dañino. Mientras que los adultos juzgan las acciones del niño como algo de peligro o malo. Por tanto cuando los más pequeños son víctimas de las injusticias por razonamiento del adulto, proporcionando castigo por sus acciones, este pierde la confianza y crea heridas mentales que causan la perdida  de  una parte de su inocencia.

Las heridas mentales

Con cada miedo aprendes a defenderte, pero no lo haces de la misma manera que antes de la domesticación, cuando te defendías y seguías jugando. A continuación, el futuro empieza a preocuparnos un poco porque tenemos el recuerdo de las heridas mentales  y no queremos que vuelva a ocurrir. Poco a poco perdemos nuestra inocencia; empezamos a sentir resentimiento, y después, ya no perdonamos más. Con el tiempo, estos incidentes e interacciones nos enseñan que no es seguro ser quienes realmente somos.

Los seres humanos utilizamos el miedo para domesticar a otros seres humanos; cada vez que experimentamos una nueva injusticia, nuestro miedo aumenta. Cuando estamos llenos de veneno emocional, sentimos la necesidad de liberarlo, y para deshacernos de él, se lo enviamos a otra persona. Normalmente, nos liberamos del veneno traspasándoselo a la persona que creemos responsable de la injusticia, pero si esa persona es tan poderosa que no podemos enviárselo, entonces lo lanzamos contra cualquier otra sin importarnos de quien se trate.

No hay que culpar a nadie de esta enfermedad; no es buena ni mala ni correcta ni incorrecta; sencillamente, esa es la patología normal de esta enfermedad. Nadie es culpable por comportarse de manera abusiva con los demás.  Ya que solamente actuamos según el entorno que vivimos.

Lo que sí es importante es cobrar conciencia de que tenemos este problema, ya que cuando lo hacemos así, tenemos la oportunidad de sanar nuestro cuerpo y nuestra mente emocional y de dejar de sufrir. Sin esa conciencia, no es posible hacer nada. Lo único que nos queda es continuar sufriendo las consecuencias de nuestra interacción con otros seres humanos, y no sólo eso, sino también sufrir a causa de la interacción que mantenemos con nuestro propio yo, porque también nos tocamos nuestras propias heridas con el único propósito de castigarnos.

El rechazo

En nuestra mente hay una parte, creada por nosotros, que siempre está juzgando. El Juez juzga todo lo que hacemos, lo que no hacemos, lo que sentimos, lo que no sentimos. Nos juzgamos a nosotros mismos de manera continua y juzgamos incesantemente a los demás basándonos en nuestras creencias y en nuestro sentido de la justicia y demás estén equivocados. Sentimos la necesidad de tener «razón» porque intentamos proteger la imagen que queremos proyectar al exterior.

Esa imagen de perfección cambia nuestra forma de soñar. Aprendemos a negarnos y a rechazarnos a nosotros mismos. Según todas las creencias que tenemos, nunca somos lo bastante buenos o lo bastante adecuados o lo bastante limpios o lo bastante sanos.

Cuando nos rechazamos a nosotros mismos y nos juzgamos, cuando nos declaramos culpables y nos castigamos de una manera tan excesiva, tenemos la sensación de que el amor no existe. Parece como si en este mundo sólo existiera el castigo, el sufrimiento y el juicio.

El libro

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